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Ernest Hemingway en el Museo Iconográfico.


El pasado miércoles 27 de febrero, con unos cuantos minutos de retraso, el Museo Iconográfico del Quijote, como parte de su ciclo La novela occidental del siglo XX, presentó la lectura de tres cuentos breves y un fragmento novelístico tomados del trabajo del genio Ernest Hemingway.

El antecedente lo tuvimos una semana antes cuando el doctor Felipe Oliver Fuentes hizo su aparición con una erudita exposición de su vida y obra. Este día pudimos darle una probadita al trabajo de uno de los grandes genios del siglo pasado, uno de esos nombres que ningún escritor menciona entre sus influencias porque se sobreentiende.

Fue como a eso de las ocho con siete, un retraso completamente aceptable cuando el público llegó. Alumnos de preparatoria, claro, y es que todo este despliegue tiene el objetivo de fomentar la lectura en el público joven de la ciudad, en esas mentes aún maleables que sólo ocupan un empujón para ahogarse en libros por el resto de su vida.

Lleno el lugar, inició la presentación. La lectura programada estaba a cargo del grupo “amigos del museo,” un círculo de lectura que “por amor al arte” como bien dijo el presentador, se encargó de transformar la letra en sonido.

La primera parte consistió en el cuento “El mar cambia.” Con voz un poco plana, cierto, pero a fin de cuentas efectiva, tres mujeres se sentaron frente al micrófono, como si se dispusieran a gravar una radionovela. Narrador y los dos personajes, una despedida que como de costumbre en Hemingway, ¡nadie sabe por qué! Así abrió la noche y quizá más con la curiosidad que con la duda.


Terminada la lectura, el presentador se paro frente al público, hojeó su libreta de apuntes y recordó a los presentes cómo era él, su vida intrépida, fantástica porque era real y maravillosa porque el mundo que veía es maravilloso. Luego, nos transportó hasta África, el alto Kilimanjaro erguido en toda su magnificencia. Así empieza a introducir “Las nieves del Kilimanjaro,” y a aquél pobre escritor desgraciado que acompañado por su esposa, espera la muerte en el monte más alto de África, el hielo en la cima, las heladas fauces de las hienas en la base. Mucho más lograda es esta segunda lectura con más matices una voz masculina para un personaje masculino y sobre todo, pienso yo, un público más interesado que cuando llegó. Dos fragmentos se leyeron, con gran distancia entre uno y otro, lo que obligó, claro, a una explicación del enorme pedazo en medio.

Las colinas como elefantes blancos, con una breve introducción, aparece a continuación. Los alumnos de la preparatoria apenas hacen uno o dos ruidos. La mayoría de ellos preguntándose cuáles son las referencias al aborto de las que hablaban en la introducción. Con unas voces bien aclimatadas, los “amigos del museo” encantaron.

Si una queja hay que hacer es por “Mi gato bajo la lluvia.” Estupendo cuento, los espectadores fascinados... entonces a una de las lectoras le parece que sería buena idea incrustar sus comentarios a mitad del cuento. Algunas risas que no vienen al caso, igual que los parciales comentarios de la lectora, hicieron a más de un organizador taparse la cara antes de terminar. Eso y el particular modo de lectura, alternando párrafos que confundían la narración y el diálogo volviéndolo incomprensible. 

Para finalizar la noche, se dio lectura a un magistral micro cuento: “vendo zapatos de bebé. Sin usar", terminando de esta manera la lectura de Ernest Hemingway y me sorprendió gratamente escuchar mientras salía:

“Diablos, ahora tengo que conseguir esos cuentos.”

Luis Rey Nambo Arcos.
Servicio social SALE Valenciana. 

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